Javier Tolcachier - https://www.alainet.org/es/articulo/190015
En la vida de los pueblos hay situaciones límite. Momentos
en los que la paciencia popular y su capacidad de soportar adversidades,
aparentemente infinitas, se agotan. Esto sucede cuando el poder establecido
extrema abiertamente su crueldad y cierra todas las válvulas de esperanza de
una vida mejor para las mayorías.
La explosión social aparece cuando el pueblo ve amenazada su
subsistencia, coartada su libertad, mancillada su dignidad y toma clara
conciencia de la impunidad y la soberbia de los sectores dominantes. Ocurre
cuando al habitual saqueo y vejación a los estratos sometidos se suman la
manipulación, la represión, el fraude y la persecución o proscripción de toda
organización o líder, cuyas políticas pudieran ofrecer una alternativa
emancipadora a la desigualdad sistémica. En tales momentos, la impotencia se
convierte en potencia de rebeldía y cambio.
Así sucedió en repetidas oportunidades en América Latina y
el Caribe. Aconteció en Bolivia en el transcurso de la Guerra del Agua (2000) o
en Argentina con el memorable “que se vayan todos” en Diciembre de 2001. Ambos
acontecimientos abonarían el surco en el cual se constituirían luego los
gobiernos transformadores de Néstor Kirchner y Evo Morales Ayma.
También el Caracazo de 1989 marcó el momento de un
levantamiento popular que culminaría con la elección de Hugo Chávez poco menos
de diez años después, poniendo fin a cuatro décadas de componenda elitista en
Venezuela. Del mismo modo, el triunfo de la Revolución Ciudadana liderada por
Rafael Correa en Ecuador (2006), había sido precedido por un brutal vaciamiento
bancario en 1999, al que siguieron dos alzamientos populares en el año 2000 y
la Rebelión de los Forajidos en 2005, que terminó con el gobierno de Lucio
Gutiérrez.
Los ejemplos podrían multiplicarse llegando incluso al
Bogotazo de 1948, una enorme reacción popular ante el asesinato del candidato
presidencial liberal Eliécer Gaitán que dio pie, poco tiempo después, al
surgimiento de la lucha guerrillera en Colombia. La misma asfixia política fue
el germen de la expansión posterior del fenómeno en distintos puntos de
la región que tuvo en las revoluciones en Cuba y Nicaragua su momento triunfal,
pero como desgarradora contracara, la criminal acción represiva de regímenes
dictatoriales, costando la vida de miles de jóvenes y activistas sociales.
Hoy atraviesa un momento similar Honduras, en el que el
presidente Hernández, en connivencia con un entramado de corrupción política
extendida y la anuencia de los Estados Unidos, quiere defraudar la voluntad
popular expresada en las urnas a favor de su contrincante Salvador Nasralla.
Ante este hecho, una parte importante de la población mantiene la protesta
desde hace ya más de tres semanas arriesgando su vida, demandando el
reconocimiento de su derecho a elegir.
Señal enérgica que dio también una multitud de argentinos
ante la actitud extorsiva y autoritaria del gobierno, que logró aprobar esta
semana un recorte a la protección social de ancianos y niños y modificaciones
tributarias a favor del empresariado. Protesta que explotará en marzo próximo
si Macri insiste en promover una reforma laboral retrógrada, similar a la
vigente ya en el Brasil de Temer, avanzando hacia la destrucción de conquistas
sociales acumuladas en décadas de lucha.
Eclosión que también podría producirse en Perú, si el actual
conflicto en torno a la destitución de Kuczinsky desembocara en una farsa
institucional tutelada por la mayoría parlamentaria fujimorista y el efecto que
podría provocar un indulto negociado al ex presidente, Alberto Fujimori.
Estallido social que habrá de replicarse en Brasil cuando el
recorte social en curso impacte de lleno en la población pobre, acentuándose
además si se confirmara la condena que proscribiría la candidatura de Lula Da
Silva – cuyas posibilidades de ser electo en 2018 son abrumadoras.
Rebelión que posiblemente tendrá lugar en México, si – como
es de prever – el PRI pretende mantenerse en el poder mediante fraude o en
Colombia, si la derecha impide mediante subterfugios jurídicos y mediáticos un
ejercicio democrático pleno en las próximas elecciones.
De la impotencia a la desobediencia
En todos los casos en los que el pueblo se rebela
abiertamente, se muestra la necesidad de rebasar el encuadre vigente,
formalmente legal, pero degradado y convertido en ilegítimo, para dar un nuevo
ordenamiento a la vida social. Dicho propósito suele confirmarse en aquellas
ocasiones virtuosas en las que los excluidos encuentran una representación
política que encauza la rebelión hacia el claro objetivo de modificar normas
constitucionales inadecuadas al nuevo momento social.
Hay que decir que algo de esa desobediencia radical se
expresa también cuando una porción del pueblo intenta salidas inmediatas o
individuales a su desprotección. Tanto en la migración tildada por los
gobiernos de “irregular”, como en los distintos tipos de delincuencia, puede
verse la búsqueda de respuesta a necesidades lacerantes, violando normativas
establecidas pero ineficaces a efectos de mejorar la situación social.
Tales impulsos desesperados, en determinadas circunstancias
absolutamente imperativos, terminan generalmente reforzando las estructuras
represivas de los Estados, conduciendo a una cadena de involución y violencia
generalizada como la que podemos observar en distintos lugares de América
Latina y el Caribe.
Tan sólo la desobediencia civil colectiva y con fines de transformación
política parece resultar decisiva para conseguir cambios efectivos y duraderos.
De la desobediencia a la revolución
Sin embargo, no toda acción de protesta, no toda estampida
social contra mandatos injustos deviene necesariamente en transformación
profunda de la vida social. Muchas veces el tumulto termina en anécdota, aunque
sirviendo de precedente para sublevaciones futuras.
Que la desobediencia se torne revolución es algo difícil de
predecir. Con más razón, de producir. Aquellos que se dedican a su estudio
indican que, entre otros factores, es relevante la cercanía de relación de
fuerzas organizadas con los grandes conglomerados inorgánicos movilizados, que
tan desprestigiada esté la autoridad o qué tan claros sean los paradigmas para lograr
convertir el malestar en propuesta y la crítica en esperanza. Otros indicadores
ligados al despliegue o al repliegue del hecho revolucionario serían de qué
manera entroncan los objetivos trazados en el sentir popular y la memoria
histórica, qué tan fuertes y representativos son los liderazgos y si, en
definitiva, el justo reclamo popular logra trascender la inmediata reacción
interna y externa del sistema.
Pero ninguna revolución se consuma sin antes producirse un
primer grito de libertad. Y ese grito suena hoy en millones de gargantas
latinoamericanas.
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