martes, 4 de enero de 2011

La peluconería, que no perdona, pide perdón

Alberto Maldonado S.* - http://www.surysur.net/?q=node/15497


¿Alguna vez, Augusto Pinochet admitió que durante su “mandato”, que duró 17 años, se cometió algún crimen, algún delito? Nunca. Según él, y hasta el mismo día de su muerte en olor de santidad, su gobierno se preocupó por “salvar a Chile de los comunistas”; y si, en esa “sagrada misión” alguien cometió “algún exceso” (más de 3.000 asesinatos y desaparecidos, medio millón en el exilio y otros crímenes) eso no fue su responsabilidad.

Videla, el gorila argentino que tomó el poder en 1976, para “combatir  la subversión” (los montoneros, del propio Partido Justicialista entonces en el gobierno)  y que, en menos de ocho años de dictadura  “desapareció” (los asesinó, los liquidó, los lanzó desde los aviones de la muerte) a más de 30.000 argentinas y argentinos, y que acaba de ser sentenciado a cadena perpetua, en su defensa volvió a repetir el discurso anticomunista de 1976 y a sostener que estuvo en la obligación de “salvar a la Argentina” de la amenaza comunista.

Ni una sola palabra de arrepentimiento por las barbaridades que hizo o que autorizó que lo hagan, como el “humanitario” robo de recién de nacidos de madres que fueron asesinadas en sus tenebrosas prisiones.

Estos son apenas dos ejemplos recientes de cómo los genocidios, las atrocidades cometidas por la ultra derecha contra sus pueblos (el Plan Cóndor, los “falsos positivos”  de Uribe) no son ni reconocidos — y ni pensar que sus carniceros muestren algún tipo de arrepentimiento.

Bueno, en la historia reciente de esta humanidad hay un par de casos en que los sectores ultristas y genocidas, no solo han reconocido sus excesos (los crímenes cometidos) sino que han pedido perdón por ellos.
La Iglesia Católica, a través del Papa Juan 23, reconoció que se habían cometido “pecados graves” contra inocentes, que murieron en la hoguera bárbara sentenciados por los santos tribunales de la inquisición, que sumaron unos cuantos cientos de miles de “infieles”. Solo que el perdón eclesial y el reconocimiento de que se habían cometido crímenes abominables llegó cuando los inocentes ya estaban en huesos —o ceniza— y nadie podía hacer nada por devolverles sus vidas.

La justicia estadounidense, “tan justa y equilibrada”, reivindicó la memoria de los anarquistas italianos Sacco y Vanzzetti, solo que medio siglo después de que fueran ejecutados, a pesar del clamor mundial y del que se levantó en los propios Estados Unidos, ya que todo el mundo sabía que nunca cometieron el crimen que se les imputaba.

Pregunta la humanidad al señor Obama y a la justicia USA: ¿esperan que se mueran los cinco cubanos en prisiones norteamericanas por delitos que nunca cometieron, para que se les reconozca su total inocencia, les den las disculpas que se merecen, les reconozcan una justa indemnización por los años de dura prisión a los que han sido sometidos sin prueba alguna y los devuelvan a su país (Cuba) y a sus angustiadas familias?

El mundo entero sabe que no cometieron delito alguno contra EEUU y que, como cubanos leales a su país, lo que estaban era cumpliendo la tarea de alertar a sus autoridades y a su revolución sobre los actos y los planes terroristas  que se preparaban, con el auspicio de la CIA, la SIP, la USAID, la NED, la mafia cubano-estadounidense —que en Miami opera a sus anchas y con absoluta impunidad.


Se me vienen a la memoria estos y muchísimos casos de crímenes y genocidios que han cometido los sectores fundamentalistas de nuestras sociedades, cada vez que triunfan, que derrocan un gobierno legalmente elegido o, desde el poder, con cualquier disculpa o sin ella. Por ello no pocos historiadores han puntualizado que es la ultra derecha (que ahora es identificada con el mote de fundamentalista) la que nunca perdona; y, si lo hace, es a destiempo, cuando las víctimas de su genocidio ya están bien muertas y muy mal enterradas. Casos concretos: el genocidio nazi contra judíos, gitanos y “comunistas” o las bestialidades que cometió, contra sus propios camaradas, Stalin


Ecuador: ejemplo de una realidad
Por qué estos malos y abominables recuerdos? Pues, porque en el Ecuador, con motivo de las navidades y el nuevo año (2011) ha comenzado a hablarse nuevamente de “la necesidad de unirnos y de indultos y amnistías” para los causantes y actores del intento de golpe de estado que se dio el jueves 30 de septiembre del 2010 y que ha quedado reducido a un simple 30-S 



Un intento de golpe de Estado (del que ya casi nadie duda) en cualquiera de nuestros países debería ser motivo de una investigación exhaustiva y seria (como la que se supone está llevando adelante la Fiscalía, como le corresponde) y de la sanción correspondiente, de acuerdo a la ley y a la Constitución. Y si en el fallido intento hubo fallecidos y heridos (como ocurrió ese fatídico 30-S) con mayor razón para que la impunidad no vuelva a enseñorearse en el país porque ello daría margen para que, a corto o mediano plazo, las mismas fuerzas antidemocráticas vuelvan a ensayar su objetivo; y quién sabe si en esta vez tienen éxito. Y solo entonces sabremos los ecuatorianos y ecuatorianas que la ultraderecha no perdona


Pienso (es un decir ya que los investigadores, fiscales y jueces deben saber mucho más) que en este intento golpista deben haber dos clases de actores: los que si sabían qué era lo que buscaban y los que simple y llanamente tenían que obedecer.


Pienso que, para los golpistas no debe haber ningún perdón o, peor, olvido. Ellos (me supongo que hay asambleistaas, militares y policías) conscientemente, deliberadamente, promovieron la “trifulca” con una gran mentira (que les quitaban a los uniformados sus condecoraciones y bonos) y por poco logran caotizar al país. Por suerte (igualmente, es un pensamiento mío) al presidente Rafael Correa se le ocurrió ir al cuartel sublevado; y  esa acción le salvó la vida y el puesto.

(Desde luego, este pensamiento es contrario a todos aquellos que dicen que “cometió una imprudencia” En todo caso, “algo” les echó a perder su objetivo final).



Naturalmente esos cabecillas —por propia iniciativa o por obediencia debida— seguirán en sus planes golpistas. Por lo menos, algo se les dificulta si son identificados como actores intelectuales y materiales de un episodio ciertamente triste Y de algo servirá el que tengan que pagar con el forzado exilio o el encierro de años, sus desvaríos. Pero será una lección para los mandos militares y policiales que pretendan concretar, en nueva fecha, lo que no pudieron concretar el 30-S


En cambio, en el episodio deben haber no pocos uniformados que fueron actores de primera mano por motivos como estos: por el ofrecimiento de un ascenso, por algún odio o resentimiento contra el Jefe de Estado, por su formación anticomunista, por tener la oportunidad de disparar al que pase sin rendirle cuentas a nadie o simple y llanamente porque les ordenaron o por espíritu de cuerpo. Obviamente, son situaciones que no siempre descubren un espíritu golpista o un carácter matonil.


Pienso también que ni siquiera en estos casos, es recomendable la amnistía o el indulto totales. Administrativamente lo mínimo que les debe pasar es una separación (obligada o voluntaria) del cuerpo armado. No basta una sanción disciplinaria porque aquello pasa y el uniformado (que ha dado muestras de brutalidad e indisciplina) vuelve a sus “tareas habituales” con más deseos de que le vuelvan a dar chance para dar rienda suelta a sus psicopatías.

Y, los más importante, que el Gobierno-Correa comience a poner las barbas en remojo y a pensar que lo ocurrido el 30-S, con suerte, no fue de tarjeta roja. Si bien es verdad que el presidente Rafael Correa se ha afianzado en la opinión pública (más del 70% de aceptación nacional) no es menos cierto que la derecha golpista debe estar alerta y tiene recursos para seguir conspirando. Y, en una segunda vez, es muy posible que no cometan el error de ese jueves septembrino sino que, con el respaldo de organismos conspirativos (como la SIP-CIA, el Grupo de Diarios de América, la relatora comunicacional de la OEA, la USAID, la NED, el Coro, etc.) hagan “bien la tarea”; y, como ocurrió en Honduras, lleguen a “un final feliz”.


Por lo menos los diarios del sistema (el neoliberalismo) siguen su tarea habitual y van de escándalo en escándalo, mintiendo, tergiversando, manipulando. Y como a ellos no les pasa nada punitivo, pues hay que cumplir con los “sanos deseos” del Departamento de Estado de los Estados Unidos: liquidar la revolución cubana, liquidar la revolución bolivariana y a su líder Hugo Chávez, y liquidar cuanto intento se dé en el patio trasero (América Latina) contra “la democracia y la libertad”


En cuanto a la “prédica” de que debemos unirnos y deponer nuestros odios, es un viejo sermón de la derecha para, en un momento determinado, neutralizar cualquier acción judicial. Medios sipianos, políticos de oposición y hasta obispos católicos (el arzobispo Arregui de Guayaquil) han lanzado la idea: una unión temporal entre dispares, entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados. Este discurso me recuerda a Renato Leduc (un viejo periodista mexicano, ya fallecido) que, cuando algún presidente demócrata (creo que fue Roosevelt) lanzó la “política del buen vecino” decía: ¡Claro, nosotros somos los buenos; y ellos, los vecinos!


* Periodista.




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