lunes, 22 de octubre de 2012

Argentina: Empresarios militantes del horror genocida

Agustín Sur - http://la5tapatanet.blogspot.com.ar/2012/10/empresarios-militantes-del-horror_21.html 
Según los obispos católicos latinoamericanos (y curas del tercer mundo) reunidos en Puebla, México, en 1979, el capitalismo "es una doctrina condenable porque consiste en la exaltación incondicionada del orden y de la seguridad como valores absolutos (…) sin cambios, incluso con resistencia al cambio. El orden y la seguridad incambiados de una sociedad plagada por la injusticia, las desigualdades, las discriminaciones, los privilegios, la violación sistemática de los derechos fundamentales de las personas; la opresión, el analfabetismo y la desculturización. Una sociedad con todas sus carencias, pero que al mismo tiempo sobrevalora el tener sobre el ser de las personas, a las que se empuja para que encuentren su identidad en la adquisición de bienes que no pueden comprar. Una sociedad dominada por la angustia tantálica de masas acuciadas y a la vez frustradas por el ilimitado espejismo consumista".

Las políticas de la dictadura genocida, un orden y una seguridad que solamente alteró la cuantificación de las injusticias y las desigualdades y necesitó de la represión para estratificarse. Pero esta ideología no es estrictamente militar. Se ha dirigido a la formulación y a la estructuración de un estado jerárquico, autocrático, autoritario que ha utilizado el terror, la represión, para garantizar la realización de sus objetivos. Considera a los seres humanos como meros objetos alienados de la propia realidad, partícipes de un juego en el que los únicos que conocen el destino final son quienes se consideran informados por esta ideología.

Es entonces que se comprueba, como factores primeros de una historia de represión y muerte, como lo fue la Argentina de los ‘70, a los sectores civiles, el del poder real, como lo son los que ostentaban - y ostentan - el poder económico y financiero.

En Mendoza, gran parte del estamento empresarial estuvo a tono de sus pares del resto del país en cuanto a su complicidad y participación concreta en el terrorismo de estado. Los agrupados en la Unión Comercial e Industrial de Mendoza, aprobaron, apenas producido el golpe, un mensaje de la entidad haciendo público su apoyo y exhortaba a sus afiliados y a todo el empresariado mendocino en general a "cumplir fielmente las disposiciones impartidas en los comunicados dados a conocer por la junta de comandantes de las fuerzas armadas, que han asumido todo los poderes de la nación. En cumplimiento de sus funciones específicas es un deber ir acompañando de auténtico sentido y carácter patriótico, afirmando nuestra fe en el gobierno argentino, procediendo con real vocación de servicio..."

Estas apoyaturas a la dictadura dejaron su saldo de excluidos, torturados, asesinados, desaparecidos, exiliados. En las grandes empresas se confeccionaron "listas negras" y los nominados fueron despedidos, amenazados, y si eran cuadros gremiales, dirigentes de base, "marcados" y denunciados por "subversivos", convirtiéndolos en víctimas, tan solo por representar la lucha de las reivindicaciones legítimas de sus representados, los trabajadores. En el sector público las exclusiones - víctimas de todo nivel - se ensañaron especialmente en la docencia. En la empresa estatal Giol, las medidas fueron drásticas y en octubre del ‘76 fueron encontrados asesinados los dirigentes obreros de SOEVA (Sindicato de Obreros y Empladaos Vitivinícolas) Antonio García y Héctor Brizuela, que pertenecían al plantel de obreros de dicha empresa. Empleados y obreros de un frigorífico que se declararon en huelga fueron detenidos de inmediato en Pescarmona (hoy Industrias Metalúrgicas Pescarmona SA –IMPSA). En las fábricas de portland Minetti y Corcemar, las persecuciones y despidos estuvieron a tono con la intensidad de la represión de los primeros momentos. Hubo empresarios que solventaron financieramente a los llamados "grupos de tareas" o paramilitares. Algunas víctimas aventuraban que los hornos de las cementeras se habrían utilizado como crematorios de cadáveres de personas que aún hoy están desaparecidas. Esos empresarios financiaban medios de movilidad, armamentos y municiones, viáticos y centros de entrenamiento. Uno de estos campamentos fue visualizado en una zona cercana a la ciudad de General Alvear, mencionando algunos vecinos el nombre de un conocido médico de la zona, de apellido Bruni, como uno de los principales líderes de esos paramilitares. Y claro, este siguió siendo, en su vida pública, una honrada persona. En la fábrica Modenfold, trabajaban los ciudadanos chilenos Juan Humberto Hernández Zaspe y Manuel Jesús Amaya Martínez, que fueron secuestrados y siguen aún desparecidos. Estaban en la "lista negra" de la empresa.

El terrorismo de estado fue la herramienta básica para que el poder económico-financiero de la Argentina fuera parte de la estrategia del imperialismo yanqui de imponer universalmente (la globalización) el neoliberalismo. Mascarones procesistas de esa entrega, como expresiones máximas, fueron Domingo Cavallo y Martínez de Hoz con otras apoyaturas no menos fundamentales, como lo fue el político, en la figura de Carlos Menem. Analizados a fondo sus costados ideológicos, son también una alta expresión de la traición a la patria, una figura que también cabe a los sectores militares de la dictadura, la que, lamentablemente, no ha sido encuadrada como categoría de crimen de lesa humanidad.

viernes, 19 de octubre de 2012

La SIP y las amenazas

Por Pablo Bilsky - http://www.redaccionrosario.com/nuevo/2012/10/19/la-sip-y-las-amenazas/ 

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) es un agrupamiento patronal fundado en 1950 por dos agentes de la CIA y un agente del Departamento de Estado de EE.UU.

Brindó siempre un apoyo irrestricto a las dictaduras genocidas del continente. Por eso considera la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual como una “amenaza”.

Efectivamente, la norma “amenaza” el poder acumulado por los oligopolios y los grupos concentrados que privan a la ciudadanía del derecho a la información veraz.

“Cuando se habla de ‘opiniones independientes’ de los ‘grandes diarios’ con insistencia sospechosa en numerosos órganos de distintos países, puede individualizarse perfectamente la organización del monopolio que abarca el ‘trust’ de publicidad dirigido por las grandes centrales de los países. Los congresos internacionales de editores no son otra cosa que reuniones ‘sui generis’ de directorio o de empleados que van a esas centrales a recibir instrucciones. El Pueblo les ha llamado con propiedad ‘la voz del amo’ o ‘los diarios encadenados’”. El párrafo pertenece a Juan Domingo Perón. En su libro Los vendepatrias. Pruebas de una traición, que escribió poco después del golpe de estado de septiembre de 1955, Perón retrató el papel jugado por la SIP en el golpe.

La SIP ha sido siempre coherente en su colaboración con las oligarquías del continente. Ayudó a la desestabilización de gobiernos democráticos de América latina y estuvo siempre al servicio de los intereses de los EE.UU. y el capitalismo mundial. Y lo sigue haciendo. Lo mismo ocurrió en los recientes golpes de Estado en Honduras y Paraguay. La SIP, que agrupa a los propietarios de los diarios que colaboraron en la desestabilización, hizo oídos sordos a las denuncias de los periodistas amenazados, asesinados y desaparecidos en Honduras, como así también a los atropellos, despidos y listas negras que son moneda corriente en Paraguay.

La SIP se fundó en 1950, en Nueva York. Jules Dubois y Joshua Powers, ambos agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) junto a Tom Wallace, agente del Departamento de Estado, son los fundadores de la SIP, que nace con una clara impronta macartista, antipopular, y antigremial, servil a los intereses imperiales.

Por este motivo, que la SIP abomine de la ley de medios argentina significa la más clara reafirmación de las bondades de esa norma a la hora de limitar el poder acumulado por las grandes empresas periodísticas oligopólicas.

Contrastando con esta mirada empresarial, patronal, de la SIP sobre la ley de medios argentina, muy distinta es la opinión de Naciones Unidas. El relator especial de Naciones Unidas para la Libertad de Opinión y de Expresión, Frank La Rue, afirmó esta semana durante su visita al país que la Argentina “es un modelo para el continente y otras regiones del mundo” en la materia, además de remarcar que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual “es una de las más avanzadas del continente”.

Y no es la única voz que llega desde el exterior apoyando la ley. En todo el mundo la norma argentina es considerada la más avanzada. En Brasil, Ecuador y Uruguay también se intentó democratizar el sistema de medios y ponerles límites a los oligopolios, tomando como modelo la ley argentina, pero no se logró todavía.

El 7 de diciembre, una misión de la SIP vendrá a la Argentina, en ayuda del Grupo Clarín, que se niega a cumplir la ley. El grupo empresarial de rescate será encabezado por el flamante presidente de la SIP, el empresario de medios ecuatoriano Jaime Mantilla Anderson, que además es presidente del diario ecuatoriano Hoy, uno de los medios que acosa la gestión del presidente de Ecuador, Rafael Correa.

Mantilla Anderson sucederá al frente de la SIP a Milton Coleman, del periódico estadounidense The Washington Post. En tanto, Bartolomé Mitre, del matutino de Buenos Aires La Nación, será secretario de la nueva junta directiva de SIP.

El diario Hoy, que dirige el nuevo presidente de la SIP pertenece al Grupo Egas, cuyo dueño es el empresario Fidel Egas Grijalva. El holding también maneja la cadena de televisión Teleamazonas, Radio Bolívar y las revistas Cosas, Caras, Soho, Diners, Fucsia y Gestión. Asimismo, posee la Imprenta Mariscal, la productora Public Promueve y la agencia de publicidad Delta, entre otros emprendimientos en el continente.

Con gran coherencia la SIP, que apoyó a todas las dictaduras genocidas, hoy es el sostén de los medios de comunicación oligopólicos que intentan desestabilizar los gobiernos democráticos de Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Venezuela, por sólo tomar algunos ejemplos notables. Con flagrantes mentiras, simulacros y operaciones de prensa, estos medios intentan desgastar y deslegitimar los procesos de cambio en marcha en América latina.

No en vano, en países de América latina se suelen denominar medios “sipianos” a aquellos medios de derecha que defienden los intereses de las oligarquías y los poderes fácticos y atacan con violencia, racismo y odio de clase a los gobiernos nacionales y populares.

Fiel al ideario oligárquico, antidemocrático, elitista e imperialista que le dio origen, la SIP llegará a la Argentina para intentar deslegitimar la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Pero esta norma es una paciente construcción social, una construcción colectiva de cientos de organizaciones militantes. Los rechazos, las maldiciones, las mentiras y los bufidos del aparato mediático al servicio del statu quo es proporcional a la importancia del cambio que produce la ley. El rechazo de la SIP es una suerte de premio. Y reafirma la necesidad de profundizar la militancia en favor de la democracia informativa.

miércoles, 17 de octubre de 2012

"Aluvión zoológico"

 

La creencia generalizada es que aluvión zoológico fue la forma despectiva con que la oligarquía calificó a las masas populares que se volcaron a Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945. La realidad es más patética: el intolerante dicho salió de boca del diputado radical Ernesto Sanmartino, el 23 de mayo de 1946, quien usó la imagen para referirse al nuevo bloque de legisladores peronistas, donde había muchísimos obreros que irrumpieron imprevistamente en la escena política, como parte de la nueva mayoría popular en la Cámara de Diputados, históricamente habitada por la élite y la oligarquía, con escasas excepciones. http://www.elortiba.org/171045.html

Sin galera y sin bastón

Por Osvaldo Vergara Bertiche -                www.culturaynacion.blogspot.com 

“Sin galera y sin bastón… los muchachos de Perón” era el grito de miles y miles de trabajadores que desde la media mañana del 17 de Octubre de 1945 recorren las calles de Buenos Aires en marcha hacia la Plaza de Mayo y también en muchísimas otras ciudades del interior. 

Un acontecimiento novedoso que abriría un ciclo histórico distinto. 

Diría Don Arturo Jauretche: “El 17 de octubre, más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia”.

Y como contrapartida, Emilio Hardoy, dirigente conservador, manifestaba: “Había dos países en octubre de 1945: el país elegante y simpático con sus intelectuales y su sociedad distinguida sustentada en su clientela “romana” y el país de “la corte de los milagros” que mostró entonces toda su rabia y toda su fuerza. … ¡… Días que sacudieron al país! ¡… Días en que la verdad se desnudó! ¡… Días que cierran una época e inauguran otra!”.

El 17 de Octubre de 1945 no fue una simple manifestación protestataria, fue una Gran Rebelión Popular mediante la masiva participación y movilización de los trabajadores y con verdaderas características insurreccionales. 

Es por ello que John Wiliam Cooke señala: “El peronismo fue el más alto nivel de conciencia al que llegó la clase trabajadora argentina”. 

El 17 de octubre de 1945 marca el fin de una Argentina y el comienzo de otra. Fue un hecho tan contundente, que aún hoy, y a pesar de las conquistas perdidas, del patrimonio entregado, de las infamias cometidas, ha quedado no sólo como recuerdo y evocación, sino como Bandera para las luchas por la Dignidad Nacional. 

Juan Jose Hernández Arregui (1913-1974) enseña que "El proceso de industrialización que venía de la Primera Guerra Mundial y acrecentado rápidamente en el transcurso de la Segunda, había dado origen a un proletariado industrial destinado a una decisiva experiencia histórica en medio del pánico de los partidos directa o indirectamente complicados con el pasado. Esas masas, decepcionadas del socialismo, ajeno a la realidad nacional, del radicalismo en plena descomposición histórica después de la muerte de su gran caudillo Hipólito Yrigoyen, y del comunismo, cuyas consignas nunca entroncaron con demandas populares del país, carecían de compromisos. El 17 de octubre no sólo fue una lección histórica para las fuerzas del antiguo orden sino la gigantesca voluntad política de la clase obrera. Su adhesión a un jefe no se fundó en artes demagógicas sino en las condiciones históricas maduras que rompían con las antiguas relaciones económicas del régimen de la producción agropecuaria, que superaban los programas de los partidos pequeño burgueses de centro izquierda. La revolución política exigía la reforma social. La recuperación de la economía, enajenada al extranjero y la elevación del nivel de vida del hombre argentino explotado, son la doble faz de un mismo fenómeno: la toma de conciencia histórica de las masas.

Agregando para nuestros tiempos que: “Todo el problema político de la Argentina actual se reduce a esta irrupción consciente de los trabajadores en la historia nacional”.

El 17 de Octubre de 1945, el Pueblo argentino junto al entonces Coronel Juan Domingo Perón pusieron en vigencia la fuente ígnea de un sentimiento vital: La Patria

El Pueblo junto a su Líder terminaron con el caos existente y conformaron un nuevo perfil de Nación, de Nación Justa Libre y Soberana como realidad sustantiva y enaltecedora.

 

La Patria obtuvo su Grandeza y el Pueblo su Bienestar. - Leopoldo Marechal nos ha dejado plasmada esta Epopeya en su Soneto:

Era el pueblo de Mayo quien sufría, 
no ya el rigor de un odio forastero, 
sino la vergonzosa tiranía 
del olvido, la incuria y el dinero. 

El mismo pueblo que ganara un día 
su libertad al filo del acero 
tanteaba el porvenir, y en su agonía 
le hablaban sólo el Río y el Pampero. 

De pronto alzó la frente y se hizo rayo 
(¡era en Octubre y parecía Mayo!), 
y conquistó sus nuevas primaveras. 

El mismo pueblo fue y otra victoria. 
Y, como ayer, enamoró a la Gloria, 
¡y Juan y Eva Perón fueron banderas! 

Osvaldo Vergara Bertiche, Rosario, Provincia de Santa Fe.

lunes, 15 de octubre de 2012

Argentina: Cómo Inteligencia armó la represión ilegal antes de la dictadura militar

Norberto G. Asquini - http://www.laarena.com.ar/opinion-como_inteligencia_armo_la_represion_ilegal_antes_de_la_dictadura_militar-83487-111.html
El obispo Adolfo Arana, junto a Ramón Camps, el capellán castrense y Luis Baraldini en un acto del ejército.
La Cámara de Bahía Blanca estableció cómo (el represor extraditado desde Bolivia) Luis Baraldini preparó la represión ilegal y las "listas" de personas a detener antes del golpe como jefe de Inteligencia del Ejército y se encargó de ejecutarlas como jefe de Policía en la dictadura.
La Cámara Federal de Apelaciones de Bahía Blanca aportó nuevos elementos en su último fallo sobre el terrorismo de Estado en La Pampa para establecer que las "listas" que armó el Ejército de personas a secuestras y torturas fueron confeccionadas antes del golpe de Estado de 1976 y se instrumentaron después del 24 de marzo de ese año. De hecho, los jueces dieron cuenta de cómo el principal "engranaje" de la estructura represiva montada en la Subzona 14, la jurisdicción militar de la "lucha contra la subversión", el mayor Luis Enrique Baraldini, preparó como jefe de Inteligencia del Ejército la represión ilegal y con su asunción como jefe de Policía se encargó de ponerla en práctica y llevarla adelante.
El "trabajo" del mayor.
Los jueces Pablo A. Candisano Mera y Angel Alberto Argañaráz en el expediente número 67.286 rechazaron en septiembre la apelación al procesamiento por secuestros y torturas del represor Baraldini y en sus considerandos expusieron el mecanismo de cómo operaron los servicios de inteligencia del Ejército antes y después del golpe de Estado. Y confirmaron el lugar central que tuvo en el engranaje represivo el ex jefe de Policía de La Pampa.
Baraldini, en su presentación de defensa, quiso distinguir entre el período en el que fue oficial de Inteligencia (identificado como S-2) del Estado Mayor General del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 101 en Toay, de aquel en que se desempeñó como jefe de la Policía de la Provincia, entre 1976 y 1979, como si hubiera sido un cargo burocrático más.
La Cámara determinó que Baraldini en el Estado Mayor del Destacamento de Toay -que integran las cuatro áreas: personal, inteligencia, operaciones, logística y era coordinado por el segundo comandante de la unidad- tenía responsabilidad primaria sobre la Inteligencia militar. No sólo desde que el Ejército comenzó a actuar en la represión política interna en noviembre de 1975 después de ser autorizado por el gobierno de la presidenta Isabel Perón a "aniquilar" a la llamada "subversión". Sino desde que llegó al Destacamento de Toay en La Pampa con el grado de capitán en diciembre de 1974 tras finalizar el Curso Básico de Comando. Si bien se considera que la fecha oficial en la que pasó a desempeñarse como oficial de Inteligencia fue el 28 de octubre de 1975 -días antes de que se desatase la primera razia contra docentes universitarios y médicos-. Luego ascendió al grado de mayor el 26 de diciembre de 1975, y a partir del golpe de Estado pasó en comisión al gobierno de la provincia de La Pampa como jefe de la Policía, comisión que cumplió hasta el 5 de noviembre de 1979.
El plan criminal.
Los camaristas indicaron que "(no) exagera el Juez de grado (el pampeano Pedro Zabala) respecto de la magnitud o importancia del cargo ejercido por Luis Enrique Baraldini durante este período. En efecto, el imputado como S-2 u Oficial de Inteligencia, formaba parte del Estado Mayor General de la unidad militar a cargo del Comando de la Subzona 14 y, como ya fue dicho, era el principal responsable en todos los aspectos correspondientes a la especialidad de Inteligencia pues representaba el órgano de dirección de inteligencia militar en el ámbito de la Subzona 14, lo que no es poco, pues era una de las áreas más sensibles en la ejecución del plan criminal que se investiga".
Los jueces citaron el reglamento militar RC-9-1 "Operaciones contra elementos subversivos". La actividad de Inteligencia era "la base fundamental en que se apoya la lucha contra la subversión. Su importancia es tal que puede ser destacada como la única forma de acción militar posible en las primeras etapas del proceso, y su ejecución eficiente puede ayudar (...) a producir medidas tendientes a eliminar la agitación social y controlar a los activistas, con lo que podría resultar neutralizada la subversión en sus primeras manifestaciones".
Los blancos.
En otro reglamento, el RC-3-30, "Organización y Funcionamiento de los Estados Mayores", se establecen las principales funciones que corresponden al jefe de Inteligencia y al órgano que encabeza, entre las que se encuentra la dirección, planeamiento, supervisión y ejecución de todas las actividades relativas al "ciclo de inteligencia" "permitiendo la evaluación de blancos, el análisis de blancos y la resolución para ejecutar el blanco antes de que la densidad del mismo haya declinado".
O sea, Baraldini fue el encargado de confeccionar la lista de personas a detener por el grupo de Tareas de la Subzona 14 desde finales de 1975 hasta 1979.
Toda la planificación correspondiente al área de inteligencia elaborada por el G-2 del Primer Cuerpo del Ejército para la Zona de Defensa 1, como Gran Unidad de Batalla, era desarrollada y puesta en práctica en la parte correspondiente a la Subzona 14 por Baraldini en su calidad de S-2 (correspondiente a Unidades de apoyo como era el Destacamento de Toay).
Interrogatorios.
El mismo reglamento establece qué asuntos pueden abarcar los procedimientos operativos normales (PON) en lo referente a Inteligencia, y enumera, entre otros, los siguientes: "exploración y vigilancia de combate; prisioneros de guerra, detenidos, etc. (pudiendo regular lo relativo al registro, la clasificación, los prisioneros seleccionados, el interrogatorio inicial, el 'interrogatorio por personal especializado', etc.); documentos y material enemigo capturado; y contrainteligencia (que incluye medidas de seguridad, empleo de claves, control y vigilancia de civiles)".
Existía a su vez un procedimiento reglamentario para el "Manejo del Enemigo Capturado" (Reglamento RT-16-101 Examen de Personal y Documentación) donde se establecía que "luego de la captura, desarme y registro, se debía separar a los detenidos y se procedería a un primer interrogatorio o primera fase del interrogatorio llevado a cabo en y por la unidad capturante, a diferencia del segundo o segunda fase del interrogatorio que se debe hacer más adelante y por personal de inteligencia".
Asimismo, el área de Inteligencia, además de los interrogatorios, también tenía participación en la primera de las etapas: la detención o secuestro, según expresa el Reglamento RC-9-1, "Operaciones contra elementos subversivos".
La orden de Camps.
En tal sentido, los camaristas bahienses indicaron que Baraldini, después del golpe de 1976, fue comisionado al cargo de jefe de Policía "precisamente con el fin de asegurar de manera eficiente ese control operacional" sobre la represión ilegal.
Afirman: "En efecto, en la Orden de Operaciones N° 12/75 (Lucha contra la subversión), emitida por el Comandante de la Subzona 14, Coronel Ramón Juan Alberto Camps, luego de establecerse el control operacional sobre la policía pampeana (1975), se expone que la misión del Ejército en la Subzona 14, es operar ofensivamente contra la subversión en el ámbito de su jurisdicción, para detectar y aniquilar las organizaciones subversivas, y además, conducir con responsabilidad primaria el esfuerzo de inteligencia de la comunidad informativa contra la subversión, a fin de lograr una acción coordinada e integrada de todos los medios a su disposición (punto 2); en cuanto a la ejecución de la misión, se define primero la operación, señalando que la misma consistirá en desarrollar operaciones ofensivas, para someter a las organizaciones subversivas a una constante presión de combate e inseguridad en toda la jurisdicción de la Subzona 14 (ámbito urbano y rural) (punto 3.a.1)".
Las dos fases.
Luego se establecen dos fases de ejecución: la primera, corresponde al año 1975 y se señala que se operará con elementos específicos de Ejército, específicos de las Fuerzas de seguridad y/o policiales o conjuntos; la segunda, en cambio, corresponde a 1976/1977 y su finalidad es "Reducir a un problema de naturaleza policial el accionar subversivo en la jurisdicción y aniquilar por extensión total a las organizaciones subversivas (punto 3.b)", indica la Orden.
En otras palabras, las "fases de ejecución" establecidas en la orden de operaciones por el comandante de la Subzona 14 "se correlacionan a la perfección con la carrera del imputado, que siendo el S-2 de la principal Unidad Militar de la Subzona 14, a partir del golpe de Estado, fue designado jefe de la Policía de la Provincia de La Pampa con la finalidad de seguir ejecutando, desde la fuerza policial, la misión de la Subzona 14 en lo que a la 'lucha contra la subversión' se refiere, poniendo en marcha la fase 2 de tal operación, lo que se manifiesta claramente en la Resolución n° 14/76 J inserta en el Orden del Día Interna 129 de la Policía de La Pampa, del 19/4/1976, de autoría del imputado, donde se reorganizan y actualizan las 'Actividades de esta Policía en el Comando de Subzona 14'".
En otras palabras, conformó el grupo de tareas pampeano para terminar con su plan de "lucha contra la subversión", "recibiendo órdenes del Comando de la Subzona 14 como emitiéndolas él mismo a sus subordinados", dice la resolución.

lunes, 8 de octubre de 2012

Chávez, el niño que vendía papaya

http://www.publico.es/443523/chavez-el-nino-que-vendia-papaya 

En los peores momentos de su cáncer ha leído a Fritjof Capra (un físico de la Universidad de Viena que estudia la interrelación de la física con el misticismo oriental), pero a Hugo Chávez lo que le gusta leer es historia. Dicen los que le conocen que es una de esas personas que se llevan prestados libros de las casas de sus amigos y nunca los devuelven. Su curiosidad por la historia le viene de pequeño, de cuando se sentaba en la primera fila de la escuela de su pueblo presidida por dos retratos: el del general Zamora, alias cara de cuchillo y el de Simón Bolívar.

La escuela de Sabaneta (estado de Barinas), el pueblo en el que nació en 1954, no era mucho mejor que el resto de las casas de la aldea, desperdigadas en tres calles polvorientas, con techos de palma y suelo de tierra. Allí vivió durante toda su infancia, en la casa de su abuela Rosa Inés, junto con su hermano mayor Adán. Sus padres, maestros de primaria, vivían en otra casa cercana. Los 300 bolívares que ganaban al mes no eran suficientes para alimentar a sus hijos. Llegaron a tener seis y Hugo fue el segundo; su madre tenía 19 años cuando nació y recuerda que ese parto no fue difícil en aquella madrugada del 28 de julio.

Pobre de solemnidad, vendía en los recreos de la escuela y en el pueblo "arañas de lechosa", un dulce hecho con papaya que preparaba su abuela. Chávez es mestizo, como la mayoría de la gente de Venezuela; su padre es negro, su madre blanca y su abuela Rosa Inés descendiente de los indios del llano.

Los genes blancos le vienen de su bisabuelo Pedro Pérez Delgado, conocido por Maisanta, que tuvo una vida de película. A los 16 años mató a un coronel que había dejado embarazada a su hermana y se pasó media vida huyendo hasta que se reenganchó en la guerrilla. Le llamabanMaisanta porque cuando cargaba contra sus enemigos iba gritando "Madre santa... ¡Ayúdame!". El apellido Chávez lo heredó de su bisabuela, con la que Maisanta, que tuvo otros muchos hijos desconocidos, nunca se casó.

La enseñanza media la cursó en la ciudad de Barinas, gracias a que le acogió en su casa su tío Marcos, el único hermano de su padre. De allí salió para matricularse en la Academia Militar de Caracas. En la Venezuela de aquellos tiempos, a diferencia de lo que ocurría en Argentina o Chile, existía la posibilidad de que las familias pobres enviasen a sus hijos a hacer la carrera militar. Esa puerta había sido aprovechada por el Partido Comunista que infiltró en el Ejército a algunos cuadros que llegaron a ser oficiales de alta graduación.

El caracazo y su ingreso en prisión

En esa situación se desarrolló en los cuarteles un movimiento conspirativo clandestino que se denominó ARMA (Acción Revolucionaria de Militares Activos) al que pronto Chávez se enganchó con el nombre en clave de José Antonio. El caracazo, la rebelión popular contra la política neololiberal de Carlos Andrés Pérez (1989), con sus cientos de muertos, salpicó también a los cuarteles. Allí se aceleraron los preparativos de los militares progresistas para levantarse contra el Gobierno.

En 2002 la derecha venezolana perdió la paciencia y se atrevió a dar un golpe de estado contra Chávez

Finalmente, en febrero del 92, se levantaron. Chávez ya era comandante y estaba encargado de tomar el Palacio Presidencial en Caracas, mientras otros oficiales, algunos de mayor graduación, deberían de apoyar la acción desde diversas ciudades. Pero hubo filtraciones y el levantamiento terminó en un rotundo fracaso. Chávez apareció en televisión y comunicó a los suyos que los objetivos no se habían cumplido "por ahora" e ingresó en la cárcel. Ese "por ahora", muy celebrado en Venezuela, fue realmente el inicio de su campaña electoral. Cuando dos años después salió de prisión, indultado por el presidente Caldera, ya era un hombre notablemente popular.

Ese Chávez de finales de los noventa, buen jugador de beisbol -siempre en primera base-, mal bailador -un serio problema en Venezuela- hábil dibujante, simpático y cercano, recorrió el país de arriba abajo explicando su proyecto político y conectó con la gente. En 1998 encabezó una coalición de partidos, el Polo Patriótico, y ganó con comodidad las elecciones.

Después de aprobar una nueva constitución, ganar otras elecciones, promulgar una ley de reforma agraria y cambiar la ley de hidrocarburos, la derecha venezolana perdió la paciencia y se atrevió a dar un golpe de estado apoyada por un sector del ejército, los medios de comunicación privados, la cúpula de la Iglesia, la patronal y las embajadas de EEUU y España.

Inicialmente tuvo éxito, pero en pocas horas la gente de los barrios bajó en trompa sobre el centro de Caracas. Otra parte de los militares se pusieron de parte del Presidente y lo liberaron de su prisión en la isla de Orchilla. Mientras en aquella noche de abril del 2002 la multitud rugía, Chávez regresó al Palacio Presidencial y demostró que su abuela tenía razón cuando decía que su principal defecto era su excesiva propensión a perdonar: ordenó soltar a los detenidos. ("También liberó a ese fascista con cara de asesino que tuvo el coraje de leer en televisión aquel papel que dejó abolida la Asamblea Nacional", le recriminó su hermano Adán).

Los peores momentos de su vida política se concentraron en ese año. Semanas después del golpe un grupo de militares se sublevó y tomó la plaza caraqueña de Altamira. Se instalaron en el hotel Palace, de cinco estrellas, y allí permanecieron un año entero. No había terminado el 2002 cuando los empresarios organizaron un paro en las empresas petroleras, que terminó alcanzando a la estatal PDVSA y provocó el colapso del suministro en las gasolineras y en el transporte.

Después de dos meses de manifestaciones y contramanifestaciones, caceroladas y enfrentamientos sociales, la huelga se diluyó y el gobierno consiguió reactivar las petroleras recurriendo a los trabajadores fieles de PDVSA y a técnicos de las universidades y del ejército. El largo golpe de la derecha venezolana había fracasado. Y de esa derrota todavía no se ha recuperado.

Política social

A partir de entonces Chávez lanzó su política social: las llamadas misiones, que con apoyo de 20.000 médicos cubanos llevaron la sanidad pública a los barrios, acabaron con el analfabetismo, combatieron la drogadicción, redujeron la pobreza a la mitad, abrieron las universidades a las clases populares y atacaron con menor éxito dos problemas incrustados en la sociedad venezolana desde mediados del siglo pasado: la criminalidad y la falta de viviendas.

Las llamadas misiones acabaron con el analfabetismo, combatieron la drogadicción y redujeron la pobreza a la mitad

Las políticas sociales (43% del presupuesto) trajeron otros problemas domésticos. Por ejemplo, el tráfico en las grandes ciudades se volvió desesperante, debido a las subvenciones a la población para comprar coches y para llenarlos de carburante (llenar el depósito de un automóvil cuesta, en Venezuela, menos de tres dólares).

La actividad de Chávez se volvió frenética. Sus colaboradores se quejan de que su agenda está siempre sobrecargada y es poco realista. Muy poco inclinado a delegar es muy exigente en el trabajo y tiene "mal pronto", un aspecto poco conocido por la mayoría de los venezolanos.

Todos los grandes medios de comunicación privados, sin excepción, son antichavistas y cada mañana atacan sin conmiseración al gobierno. A pesar de ellos, Chávez ha convocado 13 consultas electorales -con esta serán 14- y las ha ganado todas, con la excepción del referéndum constitucional del 2007.

En el verano del año pasado anunció que tenía un cáncer, cuando ya se vislumbraban en el horizonte las nuevas elecciones presidenciales. Genio y figura, decidió operarse en Cuba, descartando las ultraespecializadas clínicas de EEUU. Contra todo pronóstico, ha llegado a la campaña electoral en evidentes buenas condiciones físicas, para desesperación de sus opositores.

La figura de Chávez, el presidente mestizo que surgió de la miseria, tiene una particularidad difícil de batir: que con él se identifica la gente de las clases populares. Exactamente lo contrario de lo que le ocurre al millonario Capriles.

lunes, 1 de octubre de 2012

La clase media: la historia y sus repeticiones

Por: Ricardo Foster - http://www.infonews.com/2012/09/28/politica-40531-la-clase-media-la-historia-y-sus-repeticiones.php


Siempre es necesario tomar una cierta distancia de los acontecimientos como para poder abordarlos eludiendo la sobredeterminación que surge de las demandas del día a día. Ir un poco más allá del impacto supone aceptar el desafío del análisis menos exaltado por la potencia de los hechos y más inclinado por intentar pensar causas y posibles consecuencias. Hace unos pocos meses, y en este mismo espacio, intenté reflexionar sobre la primera de las movidas caceroleras –minoritaria en aquel momento– de un sector de las clases medias urbanas –principalmente porteña y de las zonas más pudientes de la Capital–, ahora quisiera retomar y reformular algunos de los planteos allí efectuados después de la más que significativa, cuantitativa y cualitativamente, protesta del jueves 21 que, y eso más allá o más acá de quién o quiénes la reivindiquen o defenestren, ha venido a redefinir, en una medida no menor, el clima político y cultural-simbólico cuya anterior inflexión hay que ir a buscarla a octubre del 2011 cuando el kirchnerismo hizo una elección histórica. Para decirlo sin medias tintas: ese clima ha variado y nos enfrentamos a nuevos desafíos que no pueden insistir con fórmulas que ya no representan esos cambios de sensibilidad. Lejos de aquellos que intentan “interpretar” el golpeteo insistente de las cacerolas como el punto de cierre de una etapa histórica –algo así como el fin anunciado de lo inaugurado en mayo de 2003–, más lejos de aquellos otros que desde los medios hegemónicos fogonean sin disimulos la emergencia de una retórica del odio, se vuelve indispensable recuperar el sentido de la memoria y de la comparación para no dejar que oscuras repeticiones sigan desplegándose en el interior de una vida social infectada por resentimientos autodestructivos y lógicas del olvido que suelen habitar los pasadizos laberínticos de las conciencias de una parte no menor de nuestra clase media que, en ocasiones que se reiteran, confunden lógica democrática con ímpetus destituyentes, como si su sola manifestación callejera y ruidosa pudiese compensar lo que no logran en las urnas.
Cuando la historia parece repetirse, cuando una suerte de déjà vu invade la escena del presente, regresan aquellas palabras célebres de Karl Marx estampadas, de una vez y para siempre siguiendo su antigua afición shakesperiana, en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: la historia se da dos veces, la primera como tragedia y la segunda como comedia. Si bien el autor de Das Kapital pensaba en el ilustre Napoleón y en su bizarro sobrino y afirmaba haber leído esa frase en Hegel, acabó siendo aplicada a diestra y siniestra ante la tozuda insistencia de las sociedades a efectuar extrañas piruetas repetitivas aunque bajo la implacable maquinaria de una realidad histórica que suele impedir que esas falsas copias alcancen la prosapia de sus antecesoras. La farsa que, por lo general, envuelve a la repetición del original nos recuerda, se lo recordaba a Marx, que los momentos “heroicos” no llevan, en su interior, la facultad de regresar, bajo otras condiciones y circunstancias, como si nada hubiera sucedido entre el acontecimiento decisivo y su intento de imitación. Entre la figura deslumbrante de Napoleón Bonaparte –aquel que cuando pasó montado a caballo bajo el balcón de la casa de Hegel en Jena, le hizo decir al filósofo alemán que “acababa de ver pasar al Espíritu de la historia”– y la de su sobrino, aquel del golpe de Estado de 1850, media, según la interpretación de Marx, la distancia que existe entre el drama y la comedia.
Una cosa era la burguesía de la Revolución Francesa y otra, muy distinta, aquella otra burguesía de la restauración monárquica de la época de los orleanistas. La primera había venido a conmover los cimientos del Antiguo Régimen y había logrado, jacobinismo de por medio y filosofía ilustrada, descabezar –literalmente– los restos de feudalismo monárquico inaugurando otra época de la historia que dejaría sus marcas en la vastedad de las geografías y, también, en una aldea lejana del fin del mundo donde llegaron las ideas fulgurantes de la emancipación humana. La segunda, oportunista y filistea, traicionando los ideales de la Revolución de 1848, la última en la que las barricadas parisinas devolvieron la imagen de un “pueblo” equivalente al Tercer Estado de los tiempos de la Gran Revolución, acabaría por rendirle culto y pleitesía a la copia del tío, ese esperpento de emperador que creyó representar el nuevo drama de la historia y terminó por darle letra a la comedia.
Lo cierto es que la reiteración cacerolera, la convocatoria –esta vez muchísimo más amplia que la anterior– de los vecinos de algunas esquinas emblemáticas de la opulencia porteña sumada al repiqueteo obsesivo de los medios de comunicación hegemónicos, expresó fundamentalmente, salvando quizás algunos imprecisos reclamos toscamente formulados, la persistencia del qualunquismo sobrante de sectores de la clase media que siguen comprendiendo el mundo desde las alturas de su ombliguismo. Pero también puso de manifiesto una debilidad no menor por parte del Gobierno a la hora de buscar interpelar a esos sectores. Sin sobredimensionar la protesta pero tampoco sin subestimarla, se vuelve imperioso tomar nota de ella para, como se hizo en anteriores circunstancias mucho más difíciles, implementar aquellas políticas que sigan desplegando el rumbo transformador sosteniéndose en la decisiva diferencia que existe entre el proyecto del kirchnerismo y las fuerzas regresivas que se entrelazan con el ruido de las cacerolas. No se trata de escuchar el canto de sirena de quienes, incluso desde el interior del oficialismo, sugieren la ya conocida lógica del repliegue y la política de las concesiones como camino seguro a la clausura del ímpetu profundamente renovador de la vida nacional que, de modo imprevisto, emergió en el 2003. Se trata, en todo caso, de tomar nota de la densidad de la protesta, de su movilización saturada de prejuicio y odio pero también de la confluencia problemática de diferentes actitudes y posicionamientos que van desde francas actitudes golpistas hasta el creciente temor frente a una vida cotidiana atravesada por la disolvente presencia de lo delincuencial. La clase media, en su diversidad, se suele alimentar con un poco de cada uno de los condimentos que se vieron el jueves 21, todos juntos la transforman en una abigarrada masa que busca embestir contra lo que identifica como causante principal de todos sus “males”. Entre el dólar, fetiche de los fetiches, la inseguridad –matriz de todos los miedos–, la inflación, el machaque permanente de los medios hegemónicos y la trama de prejuicios que mezclan el gorilismo con el racismo se cocinó el odio visceral hacia un gobierno que, aunque no lo puedan siquiera pensar ni decir, sacó al país de la catástrofe de los noventa. Y principalmente recompuso la estabilidad de la propia clase media.
No resisto, nuevamente, la tentación de citar largamente a Nicolás Casullo que, en un artículo memorable –“Qué clase mi clase sin clase”– publicado apenas unos días después del estallido de diciembre de 2001, dejó constancia, entre jocosa e irónica, del carácter tan “original” de nuestra bendita clase media. Un artículo que, más allá del tiempo transcurrido y del cambio esencial de la escena político-económica-cultural, nos permite, a través de la maestría analítica y el desparpajo de Casullo, capturar mejor el imaginario que sigue recorriendo a esos sectores que se lanzan al combate en defensa de su majestad el dólar y que se creen herederos de aquellos burgueses norteamericanos que se rebelaron contra la suba del impuesto al té en los albores de la independencia estadounidense.
“Así es –escribe Casullo–, se trata de auto-orientarnos en un presente tenebroso, teniendo claro únicamente que nuestra inspiración se agiganta cuando nos topamos, de tanto en tanto, con el protagonismo de los descuajeringados ‘segmentos’ de clase media. Representantes diversos de las clases medias sobre todo capitalinas, con su protesta y cacerolas en las calles del estío y diciendo al resto de la familia después de agarrar la champañera y un tenedor salgo y vuelvo voy a voltear a un presidente déjenme la cena arriba de la heladera. En esa estamos. Digo, de pronto encontrarse no ya con Walter Benjamin o Michel Foucault sino persiguiendo el arcano cultural de tía Matilde.
“Si uno hace historia de esta clase media, historia barata, que no cuesta mucho, gratis diría cuando tenemos el sueldo encanutado, podría argumentarse: una clase media que viene de un radiante y a la vez penumbroso viaje. Viene desde aquella su ingenua estación inaugural de los años 50, donde él se puso el sombrero y la corbata con alfiles, ella la permanente y la pollera tubo, y ambos salieron casi virginales pero envenenados a festejar en la Plaza de Mayo la caída de Perón al grito de ‘no venimos por decreto ni nos pagan el boleto’. Cancioncilla tan escueta como cierta, interrumpida por saltos en ronda a la Pirámide para entonar ‘ay, ay, ay, que lo aguante Paraguay’ sin ningún tipo de grosería ni mala palabra con las que hoy se luce cualquier animador de pantalla pero nunca mi padre.
“Después la clase volvió a meterse en casa para advertir, con menos recelo, que los morochos sobrevivían a todos los insecticidas ideológicos y censuras, y para dedicarse no sin cierto cansino asombro a departamentos en consorcios, fiats en cuotas, palmitos con salsa golf y vino rosado. Recién a fines de los 60, principios de los 70 el gran estamento medio recibió la primera monografía fuerte a componer, de la cual culturalmente no se repuso nunca jamás, para entrar en cambio en el jolgorio y la confusión liberadora de distintos eros. Fue cuando los hijos, ya grandulones, arruinaron cada cena o almuerzo dominguero con la ‘nacionalización de las clases medias’, al grito en el comedor en L de ‘duro, duro, vivan los montoneros que mataron a Aramburu’.
“Tamaña reivindicación de arrabaleros no estaba en los cálculos de la clase media blanca de abuelos migradores, pero nadie se arredró en la cabecera de las mesas –ni escurrió el cuerpo en la patriada hay que admitirlo– aunque apenas entendiesen la metamorfosis de la nena que además copulaba en serie con novios maoístas, peronistas y con dudosos nuevos cristianos (…). Tiempo y silencio le costó a la clase volver a salir otra vez a la Plaza después de esa canita al aire. Prefirió desde el 76 salir a Europa, a Miami, o a la frontera del norte misionero en largas columnas de autos compradores de TV a color, al grito desaforado en los embotellamientos de ‘Argentina, Argentina’ tal vez porque también en colores habían sido los goles de Kempes”. Y así siguió saliendo la clase media en otros días “memorables” de las crónicas argentinas (para vitorear a un general beodo que nos llevó a la guerra; para acompañar y desilusionarse en Semana Santa de 1987 y regresando en “orden” aunque confundida a su casa para no salir, para no “vérsela junta, sobre el asfalto, por quince larguísimos años”.
Y así sigue Casullo recorriendo la historia entre trágica y humorística de quien le ha dado a la Argentina una representación de sí misma que, como se ha dicho en diversas oportunidades, la mostraba como la Europa extraviada en medio de la barbarie de un continente incomprensible, intraducible a sus parámetros y poblado de “cabecitas negras”. Casullo no dejaría, mientras intentaba calibrar lo que sucedía en las calles de una Buenos Aires tórrida e insurrecta, de interrogarse por la deriva de una clase media que, bajo los sones del impulso y la inconciencia de quien siempre se siente fuera de toda responsabilidad, contribuía a hacer saltar por los aires a un gobierno impresentable y en nombre de una “república perdida” a la que ella, eso era seguro, no había hecho nada por encontrar. Nunca abandonó su raigal escepticismo ante los acontecimientos de ese diciembre histórico y se alejó de aquellos otros que los vieron, a esos mismos sucesos, bajo la fantasmagórica figura de la insurrección popular y el grito libertario. Le doy de nuevo la palabra a Casullo para que termine su pintura antológica: “La propia historia que relato –antojadiza, falsa, liviana, inoportuna– devela el interesante claroscuro de la clase analizada. Sus extrañas medias tintas. Sus románticas luces y sombras espirituales. Sus insondables claros de luna. Sus materialistas intra-contradicciones objetivas, diríamos allá por 1972 donde todo era salvable. Ahí está cenicienta y ramera con su fuerza y su talón de Aquiles. Llama a las revoluciones pero un plazo fijo la embota como una niña enamorada adentro de un granero. Ahora su lógica navega al compás de movileros descerebrados, cámaras amarillas de Crónica TV, al ritmo de su justa furia por dólares encarcelados, por su real hartazgo de una clase política que nada hizo cuando el país desapareció, sino que casi se fue con él. A lo mejor algún día pueda volver a contar su biografía. Igual que antes, allá por los 50, cuando no había salido del patio de magnolias”.
Por supuesto que, más allá de la ironía, el análisis de Nicolás Casullo, al que seguimos leyendo con apasionado interés, implica una intervención muy aguda y crítica respecto de las diferentes valorizaciones que se hicieron de la irrupción de la clase media porteña que, cacerolas en mano, salió a “voltear a un presidente” y, de paso, a exigir que le devolviesen sus mágicos y envenenados dólares y que, por esas extravagancias propias de la historia argentina, se encontró, por única e insólita vez, con esos mismos “cabecitas negras” de los suburbios tan temidos que también se derramaron sobre Buenos Aires para manifestar sus insoportables condiciones de vida. “Piquete y cacerola… la lucha es una sola”, eso se llegó a cantar en algunas esquinas emblemáticas de una ciudad incendiada que no sabía si estaba en medio de una fiesta libertaria o asistiendo al fin de los tiempos. Casullo nunca dejó de inquietarse ante los cambios de humor de la clase media del mismo modo que no se entusiasmó con los aires insurreccionalistas y asamblearios que tanto impacto causaron en algunos soñadores irredentos de revoluciones perdidas.
Si bien para él, diciembre de 2001 constituyó un acontecimiento parteaguas porque le puso un punto final al jolgorio menemista al mismo tiempo que hizo estallar por los aires las ilusiones liberal republicanas de la progresía, sus opacidades, sus zonas oscuras y regresivas se confundieron con los momentos de rebelión hasta ofrecer un escenario argentino que nadie atinaba a intuir hacia dónde acabaría yendo. La irrupción de Néstor Kirchner, que tanto le impactó, no estaba en el horizonte de nadie ni mucho menos el giro decisivo, en términos históricos, que vendría a desplegar en un país desorbitado y desorientado. A Casullo le siguió interesando el debate, de algún modo abortado, sobre esos meses del verano tórrido del 2001-2002 y, en diversas ocasiones (aparición del falso ingeniero Blumberg, cacerolas campestres, etc.), creyó descubrir una vez más la irredenta tendencia de la clase media a regresar sobre su fondo qualunquista nunca del todo extinguido.
Seguramente, y porque llegó a ser testigo de la rebelión gauchomediática de 2008, hubiera contemplado la “repetición” de esos fulgores como la evidencia de un resentimiento imposibilitado de reencontrarse con aquellas esperanzas de desbancar al tan odiado populismo. Pero también hubiera alertado sobre ciertas impericias gubernamentales a la hora de comunicar con inteligencia el sentido y el porqué de algunas medidas que tanto perturban y escandalizan a la clase media. Hubiera, con su escritura crítica y aguda, advertido contra la subestimación del poder de fuego de los grandes medios de comunicación señalando que el proceso de transformación seguía requiriendo una insistente intervención político-cultural capaz de seguir disputando sentido común. Seguramente, como atento lector de Marx y de otros autores de la tradición crítica, se habría detenido en el pasaje de la tragedia a la farsa destacando los peligros que la lógica del vodevil y del grotesco tienen a la hora de movilizar a determinados sectores sociales que guían su brújula existencial desde un profundo cuentapropismo moral. Casullo, en todo caso y luego de ironizar alrededor de los caceroleros nostálgicos de un país de propietarios, giraría su mirada hacia el propio kirchnerismo para decirle que no se duerma en los laureles del 54%. Jauretcheanamente no dejaría de recorrer, una tras otra, todas las zonceras del medio pelo al mismo tiempo que insistiría con seguir prestándoles la debida atención a los verdaderos artífices de la conspiración. Para él, cuya pluma inventó aquello de “clima destituyente”, la farsa, cuando no se la desarticula, puede convertirse en tragedia. Hasta ahora el Gobierno ha sabido encontrar los caminos adecuados en momentos de encrucijadas. Y lo ha hecho doblando la apuesta transformadora. Tal vez ahí radique su fuerza para seguir desactivando la lógica del resentimiento, esa misma que se vio en Callao y Santa Fe cuando una patota de “buenos vecinos” pasó de la violencia retórica a la violencia física en la primera y esperpéntica caceroleada de junio, y las últimas expresiones, ahora con un flujo más masivo de “ciudadanos alarmados ante tanto autoritarismo gubernamental”, de una extrema violencia retórica que desnuda lo que algunos “republicanos” sueñan con hacer si alcanzan, de nuevo, el poder en el país. Impedirlo es nuestra responsabilidad. Incluso en beneficio de la propia clase media que, aunque lo haya olvidado sistemáticamente, suele ser dolorosamente sacudida y perjudicada por los eternos cultores de la “República verdadera”.