martes, 30 de noviembre de 2010

Se corrió el velo de un relato




Con la muerte de Néstor Kirchner se corrió un velo que tenía que ver con un discurso monótono que parecía ser el portador de la verdad de lo que pensaba la mayoría de los argentinos sobre el ex presidente. Al correrse ese velo, lo que apareció fue una parte importantísima de la sociedad que fue a rendirle homenaje y a despedirse. Lo hizo con una intensidad única e histórica.


A partir de la muerte de Kirchner, se profundizó un proceso que se venía dando desde fines del año pasado y que tiene que ver con la consolidación de la figura de Cristina Fernández. Durante este año hubo dos grandes momentos de emergencia bajo nuevos contenidos de lo que podríamos llamar lo popular: el Bicentenario y la muerte de Kirchner. Pero esos dos fenómenos populares representan un paso adelante en el reconocimiento a la política por la actual Presidenta. Desde la puesta en marcha de la Asignación Universal por Hijo, Cristina y su gobierno han ido recuperando posiciones en comparación con la elección de junio de 2009. Producida la muerte de Kirchner, quedó en evidencia que una mayoría muy significativa de argentinos está dispuesta a acompañar y a ser parte de este proyecto.


Otro de los fenómenos significativos que generó la muerte de Kirchner fue la aparición de algo similar a un compromiso de sangre. Esto se ve sobre todo en los jóvenes, que vieron en él a alguien que los habilitaba de una manera no formal ni bajo la forma del discurso del adulto que le dice al joven lo que tiene que hacer. Ahí hay una suerte de pacto sellado y una necesidad de expresar lo que ese pacto está significando. Esto no significa que este fenómeno tenga que terminar en miles y miles de jóvenes organizándose en las estructuras de La Cámpora o de otras organizaciones vinculadas al kirchnerismo. Hay una parte de una generación que ha sido nuevamente convocada, con sus experiencias, con sus lenguajes, con su propia mirada del mundo, a tener una participación activa en esto que podríamos llamar lo público, como el lugar donde se manifiesta la vida democrática y el litigio de la política. Después elegirán y le darán forma a distintas maneras de expresar esa participación. Algunos lo harán más orgánicamente, otros lo harán a través de redes sociales.


La dimensión de un personaje de las características de Néstor Kirchner deja vacíos que son difíciles de llenar. Kirchner tenía la enorme capacidad de ser un ajedrecista político. Sabía mover las piezas en el momento adecuado y negociar en el interior de la compleja trama de los intereses político-partidarios. Tenía una personalidad muy fuerte y su palabra era una palabra que decidía de manera muy directa. Pero también tenía una cualidad muy rara que era la interpelación del otro, no sólo desde la rigurosidad y la autoridad, sino que había también algo de campechano, de informal, de ruptura del protocolo, que generó en muchos la sensación de que había algo de otro orden. Tenía la capacidad de poner en cuestión y de escandalizar en el sentido de la subversión de lo aceptado y de lo que no se puede poner en cuestión. Es muy notable esa dimensión y no es muy común encontrarla en la mayoría de los dirigentes políticos. Cristina tiene otras características. Demostró ser una extraordinaria estadista, una mujer de mucho coraje. Son modalidades diferentes y por eso eran también una pareja que compartió el amor con un proyecto político, en el cual cada uno daba cuenta de los que necesitaba el otro. Hay una ausencia, esto es así y Néstor Kirchner como tal es irreemplazable. Pero esto no significa que no haya otras maneras de generar condiciones de rearticulación, quizá con otras formas, en términos de un colectivo. Ya no hay más quien exprese la descarga de energía y la vitalidad de Kirchner. Cristina Fernández tiene una enorme dosis de energía pero que opera desde otra lógica. De todas maneras, le va a caber el compromiso y la responsabilidad de tener la última palabra en todo lo que venga de acá al año que viene. De alguna manera, los dos compartían esa última palabra. Kirchner hacía ese trabajo del que podía liberarse Cristina para seguir avanzando raudamente en la gestión. Néstor no está, pero hay un nivel de reemplazo que es la emergencia de este pueblo, de esta apertura en actores sociales-políticos.


Hasta junio de 2009, una de las críticas principales que le hacíamos al kirchnerismo era que no permitía ver hasta dónde una parte fundamental de la sociedad estaba consustanciada y expresaba el entusiasmo que requiere todo proyecto político. Creo que con la despedida que se le hace a Néstor Kirchner aparece eso que faltaba. Aparece ese lenguaje de la sensibilidad, del entusiasmo, que dice: “Acá estamos, somos el soporte de lo que Cristina esté dispuesta a hacer y nosotros estamos dispuestos a acompañar”.


Ése es otro de los rasgos también para destacar del proceso que se abre tras la muerte de Kirchner.
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