lunes, 7 de marzo de 2011

Argentina. Mendoza: Las calles llenas de carnaval y vendimia

Por Ernesto Espeche http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=4987


Hay un clima de fiesta en las calles argentinas. Miles de personas se montaron en las viejas tradiciones populares para desafiar, con alegría y desparpajo, a la densa bruma reaccionaria. No hubo lugar para la propagación mediática del miedo: ni la inflación incontrolable ni la inseguridad paralizante se apropiaron del lenguaje y la acción colectiva. La derecha sufrió, así, una nueva derrota al comenzar el tercer mes del año electoral.


Por decreto presidencial se restituyeron este año los feriados de carnaval. Esa medida contactó de inmediato con un histórico reclamo del potente movimiento murguero argentino, pues la dictadura cívico-miliar-eclesiástica instaurada en 1976 había puesto fin a esas jornadas festivas. 

Las razones de aquella prohibición fortalecen y legitiman la reciente medida presidencial:en la esencia milenaria del carnaval se abren los cauces del sentir popular a las manifestaciones más arraigadas de un pueblo. Es el terreno propicio de la burla, de la protesta y del disfraz como anulación de las diferencias. El genocidio nunca hubiese aceptado semejante espotaneidad colectiva. El carnaval incomoda al poder porque –simplemente- saca a la luz destellos de contrapoder.

Hoy el gobierno argentino promueve el carnaval. Esa actitud no sólo resulta de una lucida lectura del sentido mayoritario, sino de un acto de justicia que se inscribe en la matriz radicalmente democrática que caracteriza a la etapa iniciada en 2003. Al mismo tiempo, el grotesco carnavalesco adquiere en el escenario político actual una dimensión de resistencia frente a las posiciones más retardatarias de la transformación social, es decir, frente al poder fáctico que enfrenta al espacio gubernamental. La sola expresión masiva, irreverente y festiva en las calles y avenidas de la república acorrala a la estética dominante y a las remanidas estructuras de organización elitista de la sociedad.

Los actos del bicentenario argentino fueron, en ese sentido, una muestra del altísimo valor simbólico que tiene este tipo de manifestaciones. Es por ello que Beatriz Sarlo, una de las más lúcidas intelectuales del bloque ideológico opositor, debió reconocer –mientras continuaba sus detracciones- que el gobierno de Cristina Fernández ejerce una hegemonía cultural evidente. Esto último equivale a la capacidad de contacto real con los más profundos sentimientos de una sociedad para profundizar un rumbo político. No se trata de un dato menor: no hay posibilidad de transformaciones profundas y duraderas si esos procesos no vienen acompañados de una sólida legitimación social. La novedad radica, quizás, en que ese respaldo del que habla Sarlo (diario La Nación, 4 de marzo de 2011) se logró sin el -y a pesar del- accionar de los monopolios de la comunicación.

La Vendimia es la fiesta más importante del oeste argentino. Se realiza en la provincia de Mendoza para celebrar un año de cosecha de la vid, una actividad que permite la producción de vinos de excelente calidad. Los festejos incluyen un desfile de carros alegóricos por las calles de la ciudad presenciado por una concurrencia masiva que asume un rol activo y protagónico. En ellos participó, este año, la presidenta argentina, Cristina Fernández, para sumarse a los actos y festejar por primera vez en Vendimia –junto a otras medidas y resoluciones de incentivos- que el vino es la bebida nacional. La fiesta –en sus 75 años de vida- tomó una dimensión excepcional. Ese día, los mendocinos, y artos turistas también, alzaron sus copas por los anuncios e hicieron con orgullo el brindis más grande del mundo, según el record mundial registrado.

La fiesta en las calles tiene una clara significación en la argentina actual. Los espacios públicos fueron escenarios vaciados por la dictadura mediante la aplicación del terror sistemático; abandonados en los ochenta por el desencanto social de una nueva democracia controlada y autolimitada en sus posibilidades; criminalizados en los noventa a partir de las protestas desesperadas de amplios sectores marginados de la fiesta oligárquica; y recuperados para la expresión colectiva y democrática en los últimos años.

En una brutal y simple ecuación emanada de la experiencia histórica, puede afirmarse que hay dos tipos de comportamiento de los gobiernos frente al fenómeno social de la ocupación masiva de las calles: el miedo como fundamente de la represión y el impulso de la expresión colectiva como sustento de la cultura popular.
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